Quizás deba
comenzar por el principio, para que no se pierda el mensaje por el camino que
tomen mis palabras.
Hace miles de años,
quién sabe cuántos, es posible que nuestros genes de origen habitaran el mismo
cuerpo; después, cada uno tomó su camino pero seguimos unidos, en cierta
manera.
Hoy defiendes que
me quede en mi país. Mi gen de origen, así lo hizo; tu gen de origen, sin
embargo, antes o después, terminó emigrando. Aquel gen que contraria tu
argumento hizo que hoy estés tranquilamente leyendo estas simples palabras.
Mi gen de origen
sostuvo el lugar de origen de todas las personas; el tuyo, permitió que todas
las personas se expandieran por el resto del planeta. Por mi parte, sin
embargo, no existe en todo ello nada que objetar.
Hasta hace relativamente
poco, nos manteníamos con nuestros ritos ancestrales sin perder la pureza de
nuestras sociedades tal y como se establecieron desde el principio.
Quienes viajaron
hallaron mayores posibilidades de evolucionar rodeados de materiales que os
permitirían las sociedades que habéis creado, sin entrar a valorar en qué
consiste y el precio a pagar por esas sociedades. El precio que hemos pagado
otras sociedades para poder acomodar el sistema que habéis ido imponiendo.
No hace tanto, en
tiempos más carnales, escuché tiros cerca de mi aldea e intuí que volvían. Ya
habían venido en más de una ocasión y las más afortunadas podemos decir que se
complacieron con sólo violarnos.
A mi madre, que
intentó defendernos, terminaron por arrastrarla atada a un coche paseándola por
toda la aldea hasta que perdió la vida, a modo de que sirviera de ejemplo
contra cualquier clase de resistencia. Mi hermano era un bebé y acabó muriendo
al cabo de una semana sin comer y sin dejar de llorar, supongo que yo tengo
también la culpa de eso.
Aquella noche,
decía, salí corriendo a esconderme al bosque. Casi todas hicimos lo mismo
sorteando las balas de las ráfagas de tiros, pero yo tuve la suerte de
encontrar un árbol al que pude trepar y esconderme sin que me diera ninguna de aquellas
balas sorteadas. La mayoría no tuvo esa suerte; otras la tuvieron interceptando
los disparos con sus propios cuerpos.
Cuando llegó la
calma y con mucho miedo me alejé todo lo que pude de mi aldea encaminándome
hacia el país que estaba al norte, en el cual se corría la misma suerte que del
que había escapado. Sola, por lugares desconocidos, evitando cualquier
encuentro azaroso, caminé durante mucho tiempo.
No caigas en la
demagogia de pensar que provengo de un país incivilizado, al menos no más que
el tuyo, donde recientemente también tuvisteis vuestra guerra, vuestras
torturas, vuestros exilios e, incluso, vuestros muertos en las cunetas.
Al cruzar al
siguiente país, empecé a encontrarme con caravanas de personas que huían en la
misma dirección que yo: al norte, siempre al norte. Hambrienta más que sedienta
y, sobre todo, fatigada, decidí apoyarme en aquella compañía para seguir el
camino sin saber cuál era el destino. Pronto descubrí que llegaríamos a un
puerto donde nos ayudarían a cruzar. No voy a negar que, ante esas palabras,
una sonrisa de esperanza intentó asomar de entre mis agrietados y sangrantes
labios.
Pero al llegar,
empezaron a separarnos, como si fuéramos mercancía: quienes se habían provisto
de algo de dinero, a un lado; quienes no llevábamos nada encima –la mayoría-, a
otro lado. Así, volvieron los abusos, las violaciones, las palizas,… Huimos la
mayoría y encontramos un campamento de refugiados donde había gente que llevaba
dos, tres e, incluso, más años aguardando a tener la oportunidad de seguir el
camino emprendido de inicio: hacia donde fuera que se pudiera vivir una vida
digna de una persona, sin miedo.
Nadie me quedaba
atrás. Mi aldea había sido asolada; mi familia, asesinada. No quedaba apenas
nada que no fueran enfermedades mortales en aquel entorno y vi que, por el
camino hasta el campamento, eso podía definir la demografía constante de una
amplia zona alrededor de donde nací.
En el campamento no
estuve mal, no había futuro pero teníamos algo para comer y un techo de lona
bajo el que dormir que proporcionaban las ayudas. Pero aquello no podía ser
definitivo porque seguían llegando personas y, como digo, no ofrecía un modo de
vida adecuado más allá del de la subsistencia dependiente de las ayudas. Y creo
que tengo derecho, como ser humano, a intentar valerme por mí misma.
Conocí a un hombre
que llevaba allí más tiempo que yo. Tuvimos una hija y estamos esperando que
venga una segunda criatura. La situación se puso inestable, los asaltos
empezaban a acercarse y decidimos que era momento de intentar seguir el camino:
una incertidumbre por delante o aguardar la certidumbre de la desolación.
Llegamos los tres a
un puerto clandestino donde, a cambio de todo lo que llevábamos, aceptaron que
nos embarcáramos en una barca de goma junto a otras ciento y pico personas. Fue
a la noche que partimos, para pasar desapercibidos ante las patrullas costeras.
Después de cuatro días con sus noches en las que llegamos a beber nuestra
orina, la barca empezó a zozobrar por un repentino oleaje fuerte. Caímos casi
todas las personas al agua, yo también. Mi hija se quedó en brazos de su padre
pero ignoraba la suerte que habían corrido hasta que, un tiempo después –quizás
diez minutos, tal vez dos horas-, escuchamos una voz desde un altavoz que nos
gritaba. La ansiedad no me permitió distinguir qué intención traía y seguía
buscando a mi pareja con mi hija llamándolos a voces pero eran tantas las voces
que se iban ahogando en el agua que no había más que confusión.
Me arrojaron un
salvavidas y me aferré a él con todas mis fuerzas. Cuando me ayudaron a subir a
un yate, no dejaba de gritarles “¡por favor, salven a mi hija y a mi
compañero!”. Caí al suelo cuando, señalándoles el mar del que me acababan de
sacar, observé demasiados cuerpos flotando en el agua. Traté de adivinar alguno
por las ropas de mi familia pero estaba oscuro y apenas se distinguía nada.
Confieso que estaba
confundida en mis sentimientos: por una parte, estaba inmensamente agradecida
que me hubieran rescatado; por otra parte, mi mente tiraba hacia el mar, donde
aún permanecían los cuerpos de mi familia, mi nueva familia.
Ahora sé que mi
familia estaba entre aquellos cuerpos sin vida.
Y aquí, en un
pabellón donde estamos concentradas las pocas personas que sobrevivimos al
naufragio, me vuelve la confusión. Me preguntan por mi lugar de origen en vez
de preguntarme dónde quiero ir, por qué he venido hasta aquí, cómo he llegado,
si venía sola o acompañada,…
Soy la síntesis que
les amarga la comida en los noticiarios y mi origen, el verdadero, lo comparto
con ustedes, como todos los seres humanos.