jueves, 9 de agosto de 2018

Origen


Quizás deba comenzar por el principio, para que no se pierda el mensaje por el camino que tomen mis palabras.

Hace miles de años, quién sabe cuántos, es posible que nuestros genes de origen habitaran el mismo cuerpo; después, cada uno tomó su camino pero seguimos unidos, en cierta manera.

Hoy defiendes que me quede en mi país. Mi gen de origen, así lo hizo; tu gen de origen, sin embargo, antes o después, terminó emigrando. Aquel gen que contraria tu argumento hizo que hoy estés tranquilamente leyendo estas simples palabras.

Mi gen de origen sostuvo el lugar de origen de todas las personas; el tuyo, permitió que todas las personas se expandieran por el resto del planeta. Por mi parte, sin embargo, no existe en todo ello nada que objetar.

Hasta hace relativamente poco, nos manteníamos con nuestros ritos ancestrales sin perder la pureza de nuestras sociedades tal y como se establecieron desde el principio.

Quienes viajaron hallaron mayores posibilidades de evolucionar rodeados de materiales que os permitirían las sociedades que habéis creado, sin entrar a valorar en qué consiste y el precio a pagar por esas sociedades. El precio que hemos pagado otras sociedades para poder acomodar el sistema que habéis ido imponiendo.

No hace tanto, en tiempos más carnales, escuché tiros cerca de mi aldea e intuí que volvían. Ya habían venido en más de una ocasión y las más afortunadas podemos decir que se complacieron con sólo violarnos.

A mi madre, que intentó defendernos, terminaron por arrastrarla atada a un coche paseándola por toda la aldea hasta que perdió la vida, a modo de que sirviera de ejemplo contra cualquier clase de resistencia. Mi hermano era un bebé y acabó muriendo al cabo de una semana sin comer y sin dejar de llorar, supongo que yo tengo también la culpa de eso.

Aquella noche, decía, salí corriendo a esconderme al bosque. Casi todas hicimos lo mismo sorteando las balas de las ráfagas de tiros, pero yo tuve la suerte de encontrar un árbol al que pude trepar y esconderme sin que me diera ninguna de aquellas balas sorteadas. La mayoría no tuvo esa suerte; otras la tuvieron interceptando los disparos con sus propios cuerpos.

Cuando llegó la calma y con mucho miedo me alejé todo lo que pude de mi aldea encaminándome hacia el país que estaba al norte, en el cual se corría la misma suerte que del que había escapado. Sola, por lugares desconocidos, evitando cualquier encuentro azaroso, caminé durante mucho tiempo.

No caigas en la demagogia de pensar que provengo de un país incivilizado, al menos no más que el tuyo, donde recientemente también tuvisteis vuestra guerra, vuestras torturas, vuestros exilios e, incluso, vuestros muertos en las cunetas.

Al cruzar al siguiente país, empecé a encontrarme con caravanas de personas que huían en la misma dirección que yo: al norte, siempre al norte. Hambrienta más que sedienta y, sobre todo, fatigada, decidí apoyarme en aquella compañía para seguir el camino sin saber cuál era el destino. Pronto descubrí que llegaríamos a un puerto donde nos ayudarían a cruzar. No voy a negar que, ante esas palabras, una sonrisa de esperanza intentó asomar de entre mis agrietados y sangrantes labios.

Pero al llegar, empezaron a separarnos, como si fuéramos mercancía: quienes se habían provisto de algo de dinero, a un lado; quienes no llevábamos nada encima –la mayoría-, a otro lado. Así, volvieron los abusos, las violaciones, las palizas,… Huimos la mayoría y encontramos un campamento de refugiados donde había gente que llevaba dos, tres e, incluso, más años aguardando a tener la oportunidad de seguir el camino emprendido de inicio: hacia donde fuera que se pudiera vivir una vida digna de una persona, sin miedo.
Nadie me quedaba atrás. Mi aldea había sido asolada; mi familia, asesinada. No quedaba apenas nada que no fueran enfermedades mortales en aquel entorno y vi que, por el camino hasta el campamento, eso podía definir la demografía constante de una amplia zona alrededor de donde nací.

En el campamento no estuve mal, no había futuro pero teníamos algo para comer y un techo de lona bajo el que dormir que proporcionaban las ayudas. Pero aquello no podía ser definitivo porque seguían llegando personas y, como digo, no ofrecía un modo de vida adecuado más allá del de la subsistencia dependiente de las ayudas. Y creo que tengo derecho, como ser humano, a intentar valerme por mí misma.

Conocí a un hombre que llevaba allí más tiempo que yo. Tuvimos una hija y estamos esperando que venga una segunda criatura. La situación se puso inestable, los asaltos empezaban a acercarse y decidimos que era momento de intentar seguir el camino: una incertidumbre por delante o aguardar la certidumbre de la desolación.

Llegamos los tres a un puerto clandestino donde, a cambio de todo lo que llevábamos, aceptaron que nos embarcáramos en una barca de goma junto a otras ciento y pico personas. Fue a la noche que partimos, para pasar desapercibidos ante las patrullas costeras. Después de cuatro días con sus noches en las que llegamos a beber nuestra orina, la barca empezó a zozobrar por un repentino oleaje fuerte. Caímos casi todas las personas al agua, yo también. Mi hija se quedó en brazos de su padre pero ignoraba la suerte que habían corrido hasta que, un tiempo después –quizás diez minutos, tal vez dos horas-, escuchamos una voz desde un altavoz que nos gritaba. La ansiedad no me permitió distinguir qué intención traía y seguía buscando a mi pareja con mi hija llamándolos a voces pero eran tantas las voces que se iban ahogando en el agua que no había más que confusión.

Me arrojaron un salvavidas y me aferré a él con todas mis fuerzas. Cuando me ayudaron a subir a un yate, no dejaba de gritarles “¡por favor, salven a mi hija y a mi compañero!”. Caí al suelo cuando, señalándoles el mar del que me acababan de sacar, observé demasiados cuerpos flotando en el agua. Traté de adivinar alguno por las ropas de mi familia pero estaba oscuro y apenas se distinguía nada.

Confieso que estaba confundida en mis sentimientos: por una parte, estaba inmensamente agradecida que me hubieran rescatado; por otra parte, mi mente tiraba hacia el mar, donde aún permanecían los cuerpos de mi familia, mi nueva familia.

Ahora sé que mi familia estaba entre aquellos cuerpos sin vida.

Y aquí, en un pabellón donde estamos concentradas las pocas personas que sobrevivimos al naufragio, me vuelve la confusión. Me preguntan por mi lugar de origen en vez de preguntarme dónde quiero ir, por qué he venido hasta aquí, cómo he llegado, si venía sola o acompañada,…

Soy la síntesis que les amarga la comida en los noticiarios y mi origen, el verdadero, lo comparto con ustedes, como todos los seres humanos.

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